sábado, 14 de julio de 2012

Al sol en Pina.

Acompañamiento "de pelicula" para amansar fieras. 
 
"Triste puedo estar solo: para estar alegre, necesito compañía".   Elbert Hubbard , Filósofo estadounidense.

"El paraíso lo prefiero por el clima; el infierno por la compañía."  Mark Twain, Escritor, orador y humorista.

"Te juro que apuntaba ahí..."   Jaime Muñoz, arquero de andar por casa.

El paraiso de un arquero


Y sucedió pues que se reunieron en los frondosos bosques del condado de Pina de Montalgrao las alegres huestes arqueras de Arc Valencia, prestas a afrontar el reto, una vez más, de orientar el vuelo de sus saetas hacia las temibles fieras inertes que esas mismas gentes habían liberado a tal fin momentos antes. Libertad poco duradera, a fe, ya que el ansia de sangre invisible hacía palpitar con mayor fuerza los corazones, deseosos de tensar los arcos. Previo al combate mortal, la alegre mesnada, tras abandonar por un corto espacio de tiempo sus monturas metálicas de cuatro ruedas, había encaminado sus somnolientos pasos hacia la posada del lugar, exigiendo el precio que la batalla demandaba y que tan necesario era antes de entablar feroz lucha. Almuerzo.

La posadera palideció de temor. El posadero guardaba una distancia de seguridad ante aquellos engendros infernales que parecían querer acabar con todo y que no hubiesen dudado en arrancar una mano que sujetase una jarra de cerveza de una medida aunque potente dentellada. Las viandas desaparecían a ojos vista, el vino y la cerveza parecían evaporarse, así como un extraño bebedizo de color oscuro cual si vino se tratase, que es dulzón y pica al pasar por el seco gaznate. Cacaculo, creí entender.
En los últimos tiempos diríase que los brujos y hechiceros maldicen nuestra dieta con brebajes preparados en las calderas del mismísimo infierno, a fin de confundir nuestro buen juicio- si alguna vez lo tuvimos- y minar nuestras habilidades arqueras. Me pregunto si eso no estaría pasando ya con el vino y la cerveza sin tanto aparataje de conjuros que sueltan las lenguas a la vez que enturbian las palabras.
El oso vicioso


Abandonamos con gran alborozo el lugar, retomando nuestras cabalgaduras, indispensables para el traslado de las alimañas que nos servirán para detener nuestras flechas y afinar nuestra puntería. Los lugareños respiran aliviados al vernos marchar. Ah! Pobres infelices. Creen habernos perdido de vista a perpetuidad, creen que la pesadilla ha terminado, pero nada más lejos de la realidad. Volveremos, tras habernos cobrado nuestro precio en carne de bestia sintética, y lo haremos en bastante peor estado. La lucha es cruel y el bosque no perdona a los incautos que se internan en él. Regresaremos cansados, sucios y hambrientos de nuevo, tal vez con un menor número de saetas descansando en nuestras aljabas, pues es frecuente que algunas decidan permanecer para siempre en aquellos bosques, pero con la gran satisfacción de haber comprobado que podemos practicar esta incruenta cacería, al menos hasta que un retoño de madre de dudosa moral, prenda lumbre a los matojos y nos prive de este entorno. Ojala tan desventurada circunstancia no se diera jamás.


Amparo progresa adecuadamente
Acabamos la tirada y tras dar al feroz enemigo su justo merecido, regresamos a las bestias a sus guaridas, en la morada de Maese Vicente Murria, amigo y maestro arquero, al cual han reclamado obligaciones mayores y no nos acompaña hoy para decepción de los que apreciamos su entretenida compañía.

Cuando nos vean aparecer de nuevo en la villa, cual herejes vomitados por el averno, deberían haber preparado - si en algo estimasen sus vidas - una sabrosa paella del lugar, que será regada generosamente con las bebidas a las que antes hice mención. Tal vez una jarra de sangría acompañará nuestra mesa y apagará nuestra sed. No es esa la sangría que busca provocar un arquero, pero es la que hay, además sabe mejor al paladar y está fresquita.
Más tarde, nos regalaremos con un postre y crearemos la confusión con un laberinto de órdenes para los cafés que ni el más avezado nigromante descifraría.  Todos queremos degustar bebidas espirituosas que nos levanten el ánimo tras el salvaje combate, pero tememos no mantener nuestras cabezas frías y en serenidad ante la posibilidad de ser emboscados a nuestro retorno al hogar por los alegres hombrecillos de verde del Conde de Trafico, (que los Santos del Cielo confundan su entendimiento), siempre ávido de recaudar el diezmo del chispazo al volante. A pesar de ello, algunos arqueros y más de una arquera, sucumbe al pecado se abandona a  la tentación de sentir en su garganta como quema el licor que se desliza por ella. Al menos tres cuartas partes de las gentes de armas lo hacen con presteza...somos débiles ante el alcohol.
La verdadera razon de todo

 Al fin y al cabo, si dicen que en los primeros tiempos de la orden templaria, los monjes guerreros montaban por parejas y a la vez el mismo caballo, ¿qué hay de malo que en nuestras cabalgaduras viajen cuatro? No. Nosotros no tenemos la dualidad monje y guerrero defensor de la fe a la vez, pero tenemos otras. Arquero y beodo, mala combinación la de armas y alcohol para gentes no curtidas en batalla.  Deberemos ser parcos en la bebida siempre que se pueda si deseamos ser pródigos en puntería. Me tomaré una Cacaculo. Desventurado de mí, pero no se puede servir a Dios y al diablo a la vez.
Pronto nos encaminamos a nuestras moradas, tan alejadas de aquel paraíso terrenal que acabamos de visitar. Nos llevaremos detrás el murmullo de los árboles, la tranquilizadora quietud del lugar, el delicioso silencio del paraje y tanto aire puro como seamos capaces de respirar, además de la satisfacción de haber cumplido en buena compañía el más sagrado deber de las gentes de armas, el buen yantar tras haber disfrutado del elegante vuelo de una flecha.



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